VIEJA GRADA ELEVADA
No es momento de rendiciones
Tanto tiempo anunciando su llegada y al final vino la crisis de resultados. Tanto se ponderó, y por parte de algunos se infravaloró, la regularidad del Deportivo, que ahora aquellos tiempos de triunfo en casa y empate a domicilio parecen una bendición. 21 triunfos en Riazor y 21 empates a domicilio sumarían 84 puntos, 86 con los puntos de Reus. Los ascensos se ganan en casa y el equipo lo pone ahora en peligro, se distancia del objetivo e incluso compromete su acceso a la promoción atascado como está, prisionero de unos problemas a los que debe encontrar una solución inmediata y en una situación de máxima exigencia porque no subir a Primera esta temporada tampoco sería el fin del mundo (en otras ocasiones si lo hubiera sido), pero ayudaría a acercarse hacia ese armaggedon y laminaría aún más la tocada ilusión de un amplio sector de la afición instalado en el desencanto.
A Javier Irureta le gustaba hablar de la diferencia entre el jamón y la mortadela. Riazor siempre tuvo buen diente y si en el estadio no servían manjares tampoco había dudas en acudir a otros manteles. A nadie le agrada ir al fútbol a sufrir, pero conviene poner en valor lo que ahora disfruta el Deportivo. Hace cinco años el club firmó el convenio que cerraba el concurso de acreedores más cuantioso de la historia del fútbol. No fue un punto final, porque al margen del acuerdo quedaba pendiente estructurar la mayor parte de la deuda, que además era aquella que podía finiquitar la entidad. Lo normal en ese tipo de situaciones es que el desplome económico se acompañe del deportivo. No fue así. Aquella temporada peleó el ascenso y lo acabó por festejar con una sordina que no mereció la hazaña: fue la primera vez que no se llenó la Plaza de María Pita para celebrar un triunfo así.
El paso del tiempo sublima ciertos detalles, pero en la jornada 29 de aquel campeonato el Deportivo perdió en Miranda de Ebro y se quedó en la clasificación con 49 puntos, los mismos que ahora. Aquella tarde de sábado en la que un empleado de banca marcó el gol que derrotó al equipo, las críticas hacia el entrenador fueron salvajes. Las peticiones de destitución de Fernando Vázquez se generalizaron, pero la directiva optó por sacar el extintor. De las 13 jornadas restantes el Deportivo ganó cinco y subió a Primera División. Cuando, de manera extemporánea, llegó la destitución del entrenador, una mayoría de aquellos que pedían que le diesen pasaporte lo adoptaron como un símbolo. El fútbol mueve voluntades de manera singular.
Al Deportivo le fueron mal las cosas siempre que faltó la templanza. Cuando subió a Primera, condenado por su economía a pelear por la permanencia, se acostumbró a destituir entrenadores cuando no estaban en puestos de descenso o acababan de caer a ellos. Optó por romper la baraja cuando lo que tocaba era repartir cartas y pensar con que estrategia manejarlas. La dirigencia operó en más de una situación como el más arroutado de los aficionados porque tampoco ayudó que a un equipo delicado en lo económico y lo deportivo se le exigiese algo más que ser el 17 en Primera. Lo que era un éxito, un punto desde el que crecer, se quiso hacer pasar como un desdoro. Tampoco ayudaron una serie de malas decisiones cuando se dieron las condiciones para dar el paso adelante. Ahí vino la caída, que en realidad acecha a más de la mitad de los equipos que compiten en la máxima categoría.
En esa pérdida de perspectiva está el origen de los compromisos que ahora apuran al Deportivo. Quizás convenga detenerse, percibir que los dos primeros clasificados se escapan, pero que nada está concluído, que el Huesca encadenó hace un año ocho partidos sin ganar entre las jornadas 27 y 34 o que el Girona subió después de ganar en tres de las últimas trece jornadas, que en la promoción también se reparte un premio y que hay gente interesada por prurito o por bolsillo en que la baraja siempre se rompa, por eso solo aparece en la derrota, jamás en la victoria.
Es el momento de la firmeza, del sosiego y el trabajo, de volver a las fuentes de este equipo, de retomar todo lo que se construyó en verano entre la sospecha generalizada de quienes anunciaban poco menos que un descenso a Segunda B y ahora exigen un ascenso a Primera. Es tiempo también de tomar nota de problemas que no deben perpetuarse. El mejor futbolista del equipo, sufrió hace tres meses una lesión que se clasificó como leve. Desde entonces apenas ha jugado 128 minutos y se perdió diez partidos. En la gestión de esos asuntos se sustancian también los ascensos.
El Deportivo ha demostrado argumentos para dominar los partidos, sobre todo en Riazor. Lo hizo siempre que se manejó con paciencia, cuando gestionó la pelota en el campo del rival, juntó pases, evitó el descontrol y ese ida y vuelta que tanto le daña. Ese es su estilo, el que comentó bajo la desconfianza de un amplio sector de la afición instalado en la prisa, así que la coartada de que algunos jugadores sufren porque actúan bajo una lupa exagerada no es del todo válida. El equipo supo abstraerse de todo lo nocivo que impregna un entorno hastiado y con intereses que a veces apenas se soterran. Y lo hizo hasta el punto de que la mayoría de los jugadores ni siquiera perciban que sean dañinas muchas de los entresijos que les rodean. El éxito se cocina en Abegondo y ahora es preciso el talento de todos los inquilinos de ese vestuario, incluido el entrenador, un tipo sincero y cristalino en sus comparecencias públicas. Anoche tras la derrota ante Las Palmas hasta lo pareció demasiado: su tono sonaba demasiado tristón y alicaído, su mensaje tamizado por la decepción. No es momento para rendiciones.