VIEJA GRADA ELEVADA

Manuel y una historia de hace treinta años

Entonces existían los positivos y los negativos, un añadido a la puntuación de las clasificaciones que ayudaba a completar las referencias sobre la marcha de los equipos. Un triunfo a domicilio eran dos valiosos positivos, una derrota en casa significaban dos negativos que se tomaban como sendos puñales, el empate agregaba o restaba uno. Si tras doce jornadas llevabas tres negativos nada bueno se barruntaba y eso es lo que le ocurría al Deportivo en noviembre de 1989, un tiempo particular, el mes en que se vino abajo el muro de Berlín. En Galicia aquello quedaba un poco lejos, enfrascados como estábamos entre unas elecciones generales, en octubre, y las autonómicas de diciembre a las que se postulaba un veterano político de larga trayectoria en Madrid que en las vallas publicitarias se presentaba “galego coma ti”.

A Riazor acudían cada domingo en torno a 12.000 aficionados. Había una cierta efervescencia en el ambiente, el equipo acababa de llegar a las semifinales de la Copa del Rey, un aldabonazo sorprendente porque estaba diseñado para habitar la zona media de la tabla de su categoría, la Segunda División. Un nefasto arbitraje de Soriano Aladrén en Valladolid le alejó de una inesperada final y de su primera participación en competición europea porque aquel pase para enfrentarse al Real Madrid tenía premio seguro, participar en la Recopa.

Aquel duelo fue el escaparate para algunas piezas del equipo. Ramón, un interior zurdo de clase al que Arsenio había acoplado al lateral y cuyo hijo, Dani Calvo, juega ahora en el Elche, se marchó al Valladolid. Con él se fue también y Chuchi Hidalgo, delantero al que no le sobraba clase, pero sí voluntad, ídolo de un sector cada vez más mayoritario de la afición que empezaba a valorar el compromiso con el equipo por encima de otras cuestiones. También se fue Portela, central coriáceo que se mudó a Burgos. No hubo mayores refuerzos que buscar nuevas piezas. Para el lateral llegó Sabin Bilbao y los puestos de Hidalgo y Portela se cubrieron con Batrovic y Sredojevic, dos yugoslavos que ya le habían dado la vuelta al cuenta kilómetros. Santi Francés y Gustavo completaron la plantilla, donde ni ahora ni muchos menos antes sobraban efectivos.

La temporada comenzó con problemas, con cuatro goles en dos partidos y la sensación de que el equipo tenía fútbol en mediocampo con dos jóvenes hermanos que iban a más, José Ramón y Fran, pero le faltaba pegada. Tres tropiezos en casa contra Castilla, Burgos y Español dispararon las alarmas: el equipo se presentó a jugar en la Nova Creu Alta contra el Sabadell con tres negativos, un punto sobre el descenso. Perdió 4-0.

El partido se jugó un sábado. Al día siguiente Arsenio y Ballesta se bajaron del avión y acudieron a Riazor. Querían ver el partido del Fabril contra el Arenteiro. Tito Ramallo cerraba aquel filial en la zaga, Emiliano galopaba por el flanco zurdo, en la medular dirigía un fino interior, Grela. En punta se hacía valer una tripleta atacante forjada en el fútbol base coruñés, en el Orillamar, y a la que Arsenio ya le había echado el ojo para reclutarles ante un amistoso contra la selección de Venezuela. Manuel y Bodelón entraban por los flancos, Arturo se movía entre centrales. Aquella tarde ganó el Fabril, dirigido desde el banquillo por Paco Melo y a Arsenio le preguntaron mientras salía del campo si alguno de aquellos chicos iba a reforzar al primer equipo. “Se sabrá… en su momento”, contestó mientras se escabullía.

Tres días después se empezaron a confirmar las sospechas. Arsenio llamó al entrenamiento en el campo de la Torre a Manuel Mosquera Bastida, un vecino del barrio, antiguo alumno del instituto de Zalaeta, integrante de las categorías inferiores del Deportivo desde que tenía trece años. Ya había cumplido los 21, pero la campaña anterior había estado varios meses fuera del filial por una anemia que no se acababa de resolver. Superado ese trance llevaba cinco goles esa temporada y añadía además un valor que Arsenio consideró importante: había cumplido el servicio militar por lo que estaba a completa disposición del equipo.

Manuel trabajó esa semana con el equipo. No era un novato entre ellos porque también había estado en la convocatoria del Trofeo Juan Acuña, aunque no llegó a debutar. “Si el domingo estoy en Riazor, estupendo. Y si me tengo que ir a jugar con el Fabril a Carballo lo haré encantado”, explicó cuando le preguntaron por sus ilusiones más inmediatas. El equipo necesitaba soluciones y las buscó esa semana en una comida de confraternidad que había tenido que ser aplazada en varias ocasiones por los compromisos de su presidente.

Augusto César Lendoiro llevaba poco más de un año al frente del Deportivo. En octubre de 1989 era además el máximo mandatario del Liceo, que ya había alzado tres Ligas, tres Copas y dos Copas de Europa de hockey sobre patines. Ejercía de líder de la oposición en el ayuntamiento coruñés y acababa de ser elegido como el senador con más apoyo popular en la provincia. Poco antes de iniciarse la campaña electoral había cerrado un acuerdo con Leyma para que la empresa láctea llevase su firma en la camiseta del equipo durante dos años a cambio de 30 millones de pesetas. Lendoiro todavía no había conseguido que los días tuviesen más de 24 horas, pero esa semana tras la debacle en Sabadell acudió a la cita con el equipo y a los postres lanzó un animoso conjuro: “Las meigas que nos acosas en forma de resbalones, despistes y fallos absurdos desaparecerán”. Y zanjó: “En estos momentos difíciles es cuando los hombres deben demostrar su auténtica valía”.

Esa semana se anunciaba un Deportivo al ataque para recibir al Racing de Santander en Riazor. Arsenio había probado hasta en cinco ocasiones a Batrovic, apenas una de ellas como titular la tarde de la derrota contra el Castilla. Al quinto partido lo expulsaron, pero ya había dejado una estela de decepción, fuera de forma y sin excesivos recursos para ponerse al nivel de sus compañeros. Raudnei era indiscutible en el ataque, pero ante la ausencia de opciones le acompañaba Gil, que no era delantero. Hevia, un asturiano, hombre de área y rematador sin mucho recorrido, se barruntaba como opción para recibir al Racing. Pero quien jugó fue Manuel.

Manuel debutó contra el Santander y el equipo encadenó cuatro triunfos consecutivos. Marcó en su segundo encuentro y ya no volvió a hacerlo, pero fue titular casi hasta el final del campeonato

Fue el 26 de noviembre de 1989. Hevia y Batrovic se quedaron fuera de la convocatoria. Aquel fin de semana el presidente de la Xunta, Fernando González Laxe, recibió en el salón de plenos del ayuntamiento la medalla de oro de la ciudad, los estudiantes de la Facultad de Informática tomaron la sede de Correos para reclamar que se implantase el segundo ciclo de su carrera en la recién nacida Universidad de A Coruña (un PC costaba algo menos de 300.000 pesetas, el sueldo de cuatro meses de un trabajador bien remunerado) y la Cámara de Comercio reclamó al gobierno autonómico que hiciese lo propio con Económicas y Empresariales. La ciudad veía crecer un nuevo litoral, un relleno que forjaba un paseo marítimo que la rodeaba. Se anunciaban inminentes actuaciones similares en Cambre, Santa Cruz y Culleredo. Manuel fue a lo suyo: saltó a Riazor y persiguió cada balón como si fuese el último hasta que a doce minutos del final, acalambrado, tuvo que dejar su puesto a Gonzalo Mella, otro exfabrilista. Poco después Sabin Bilbao galopó por su banda y colocó un centro al área que Raudnei tocó a la red para firmar la cuarta victoria en trece partidos. “No desentonó, pero todos pelearon bravamente”, zanjó Arsenio cuando le preguntaron por el debutante.

Manuel había dejado estela de lo que era, un futbolista comprometido, delantero esforzado, bregador, no le sobraba clase ni era un fantástico rematador, pero era un dolor de cabeza para los defensas porque no dejaba de apretarles ni de tirar desmarques. “Tuve defectos de colocación, pero creo que los corregiré”, explicó tras el estreno. Raudnei además del gol había cosechado su cuarta tarjeta amarilla de la temporada, así que según el reglamento entonces vigente debía pasarse un partido en la grada. Parecía más que probable que Manuel siguiese en el once.

Así ocurrió. Tocaba visita a Las Palmas, un regreso al viejo Insular, campo en el que el Deportivo había caído meses atrás al recibir cuatro goles, todos de cabeza. Como para ir confiados. El partido se iba a jugar un sábado y el miércoles tras el partidillo de acoplamiento en A Torre le preguntaron a Arsenio si ya sabía la lista de convocados. “Que lista nin que carallo. Isto non é o cuartel”, contestó antes de esfumarse. Pero cuando hubo convocatoria, Manuel no faltó en ella. El Deportivo ganó en Las Palmas (1-3) y el novato anotó un gol, el segundo, todo un retrato: “Me lanzó un balón José Ramón, quise colársela al portero por alto, pero me salió mal. Aún así seguí peleando por su rechace, recuperé la pelota, le hice un regate y marqué”, explicó tras el partido. Fue el día antes de la muerte de Fernando Martín, un suceso que conmocionó al país.

Justo esa semana el Deportivo debía visitar Madrid. En el Calderón aguardaba el filial del Atlético, otro 1-3. “La indiscutible figura del partido fue Manuel, con sus incursiones”, explicó el cronista del diario Ya. Era la tercera victoria consecutiva, todas desde que Manuel entró en el equipo. Pero aquella noche al regreso a A Coruña, con un positivo ya en la clasificación, Arsenio lucía sombrío: “No me faltan ganas de hablar con el presidente e irme a casa”, deslizó. Al técnico le dolía el runrún de un sector de Riazor hacia él, aquella pancarta que colgaba en la grada con una sugerencia: “Arsenio, propóntelo y vete”. “Por primera vez en mi vida observo que todo es malo. Siempre tuve problemas en mi carrera como entrenador y seguro que tendré más, pero pienso que entre todos podríamos hacer la vida de este Deportivo más agradable”. Y dejó una reflexión que valía entonces, hoy y siempre: “Qué hubiera pasado si en el partido contra el Santander ellos se llegan a poner por delante en el marcador… Con este ambiente que tenemos éramos carne de descenso. El público siempre estuvo al lado del equipo, pero eso no quita para que algunos, pienso que muy pocos, den la nota de vez en cuando”, explicaba el entrenador.

Aguardaba el regreso a Riazor, un examen frente al Murcia en día del club. Esas eran las jornadas en las pagaban los socios, que entonces casi eran 13.000, para dejar una ayuda extra a la entidad. El club facilitaba con luz y taquígrafos las cifras de recaudación en taquilla. Aquella lluviosa tarde de diciembre en la que Galicia estaba llamada a las urnas, el Deportivo ingresó 6.649.600 pesetas, 4.923.000 los pusieron sus socios y 1.726.300 el resto del público. El club aclaró, a través de los medios de comunicación, que a esa cantidad había que descontarle el 12% de IVA que preceptivamente ingresaría en Hacienda al final de ese trimestre.

El partido contra el Murcia se jugó en medio de un fuerte temporal y a pesar de que la tarde anterior, en plena jornada de reflexión, el viento arrancó de cuajo varios sectores del techo de la Tribuna del estadio. Al salir los jugadores al campo sonó por la megafonía Negra Sombra. Era lo habitual. El speaker José Luis Naya tenía varias cintas de casette con música popular autóctona e iba variando el repertorio, que tampoco era excesivo. Hasta que una tarde se equivocó y pinchó la que ponía música al sombrío poema de Rosalía de Castro. El Deportivo ganó y Berta Vales, la gerente, le hizo ver que ya no era preciso cambiar. Así que Negra Sombra se convirtió en la banda sonora de las grandes ocasiones para el equipo.

Vázquez sacó un Bando para pedir el voto en las elecciones autonómicas y a los pocos días Lendoiro publicó lo que llamó el Contra-Bando. Entonces le pidieron opinión a Arsenio sobre si esas disputas perjudicaban al equipo: “A veces parece que estamos entre dos aguas y en muchas ocasiones las aguas nos llegan al cuello”, dijo

No hubo motivos, tampoco entonces, para quitarla. El Deportivo ganó con gol del Flaco Gil y Manuel se fue del campo ovacionado. “Es un chico que lucha y va siempre hacia el gol”, le valoró Arsenio. Ya llovía menos. Pero solo en lo futbolístico. Fuera del campo el Deportivo empezaba a verse inmerso en la contienda política. Aquella semana, antes de las elecciones que encumbraron a Manuel Fraga como presidente de la Xunta, la prensa local publicó un Bando del alcalde Francisco Vázquez. En él no se cortó en pedir el voto para González Laxe tras glosar lo que entendía como avances de la ciudad obtenidos bajo la presidencia del tripartito que mandaba en la Xunta, presidido por el político socialista. Días después, justo en la jornada en la que el Partido Popular llenó el Palacio de los Deportes en un mitin de Fraga en el que ofició de telonero junto a Isabel Tocino, Romay Beccaria y José María Aznar, el presidente del Deportivo, en calidad de concejal opositor, publicó en la misma prensa lo que titulo como “Contra-Bando del Alcalde”. A Arsenio le preguntaron por todo aquello: “A veces parece que estamos entre dos aguas y en muchas ocasiones las aguas nos llegan al cuello”.

La Navidad frenó al Deportivo y atemperó por unos días las disputas. El regreso del equipo puso el punto final a la racha victoriosa con un tropiezo en el campo del Levante. Manuel ya se había instalado en el once y la escalada no se frenó. Cuando subió al primer equipo eran decimoquintos y nueve jornadas después estaban quintos. Subían de categoría los dos primeros y promocionaban tercero y cuarto contra rivales de Primera, pero en realidad aquella quinta plaza era un puesto de promoción porque el Bilbao Athletic estaba por encima y no podía ascender.

Pero el Deportivo llegó a esas alturas con 25 goles en 21 partidos. José Ramón, un centrocampista, era el máximo goleador. Manuel, siempre tenaz y generoso en el esfuerzo, no había vuelto a marcar. Mediado marzo, a once jornadas del final, el Deportivo se presentó en El Plantío para enfrentarse al Burgos, a la postre campeón. Perdió 3-0. A la media hora de partido Manuel se fue a la caseta víctima de la brutal entrada de un rival. Aquella tarde Arsenio no tuvo a Ballesta a su derecha en el banquillo. Su mano derecha estaba en Bulgaria, hizo escala en la capital Sofia y se desplazó en coche hasta Burgas, una ciudad a orillas del Mar Negro. Los periódicos anunciaban la posibilidad de comprar un reproductor y grabador de vídeo por 70.000 euros que se podía pagar en cómodos plazos durante doce meses. Pero ni siquiera tres años después, cuando llegaron Bebeto y Mauro Silva a A Coruña, el club contaba con uno de aquellos ingenios. Había que fiarse de referencias y en último caso del ojo de Ballesta, que acudió a un partido del Chernomorets para ver a un delantero poco luchador, tampoco muy rápido, pero con buen disparo y buen remate de cabeza. La necesidad, además, apretaba. Así que sin mayores miramientos el club cerró el fichaje de Vlado Stoyanov casi al tiempo que el de Avelino Viña, un portero uruguayo, que no llegó a estrenarse.

Tras un empate en Riazor contra el Figueres en un partido que Manuel no pudo jugar tras la patada recibida en Burgos se intensificaron las negociaciones y se concretó que Stoyanov esperase al equipo en Barcelona, donde tocaba partido contra el Español. Allí pudo ver la derrota en el viejo campo de la carretera de Sarriá, donde se presentó con una colorista chaqueta rayada y de la mano de un emergente representante de futbolistas, Miguel Santos. También José María Minguella participó en la operación. Caído el Muro, todo lo que había tras él era una golosina para los agentes. Stoyanov era el sexto búlgaro en firmar por un equipo español. Poco antes el Barcelona se había asegurado los servicios de un casi desconocido Hristo Stoichkov, al que esperaba para la siguiente campaña. Stoyanov entró en España con un visado para quince días, gentileza de un funcionario de aduanas ferrolano que se encontró en el aeropuerto de El Prat, y Lendoiro fue taxativo ante las primeras trabas burocráticas: “Lo queremos cuanto antes, si hay que esperar dos jornadas más ya será tarde”.

Todo se agilizó. Stoyanov debutó el domingo siguiente, justamente contra el Sabadell, y marcó. Arsenio hizo el resumen: “La perestroika dio resultado”. Volvió a hacerlo una jornada después en Santander y quince días después en la visita del Atlético Madrileño a Riazor. Manuel se fue al banquillo, el Deportivo jugó la promoción y empató el primer partido contra el Tenerife para que todo se tuviese que sentenciar en Riazor. Stoyanov había llegado quejoso porque en Burgas había dejado a su mujer y a dos niños pequeños y decía que los echaba de menos, pero se adaptó de inmediato al ritmo de vida occidental. Al partido decisivo llegó con molestias físicas.

Desde que Manuel llegó al primer equipo, hace treinta años, apenas tres atacantes forjados en el fútbol base coruñés lograron jugar más de mil minutos con el primer equipo: David, Luis Fernández y Lucas Pérez

El Tenerife marcó de inicio en un testarazo de Eduardo al larguero que rebotó en el meta Fernando antes de colarse a la red. Stoyanov no estaba en plenitud y Arsenio le tuvo que sustituir con veinte minutos por jugar. Manuel estaba en el banquillo, pero ya no era su momento. Saltó al campo Hevia. Batrovic, que solo disputó 170 minutos como blanquiazul, ya estaba de vuelta en Belgrado. El Deportivo se quedó en Segunda, apenas un año más. Algo empezaba a florecer. El club había dado un salto en ese final de temporada hasta acariciar la cifra de 15.000 abonados. Ese verano la superó con creces, con una apuesta en el mercado para construir un equipo que pelease con garantías el ascenso a Primera División tras casi dos décadas de abstinencia. Con Uralde, Stojadinovic y Villa, el papel en el equipo de Manuel fue residual, apenas jugó un cuarto de hora en Figueres durante toda la temporada.

Fue, el 14 de octubre de 1990, su último partido como deportivista. En plenos fastos por el ascenso hizo las maletas y aceptó una oferta del Extremadura, que pensaba que jugaba en Cáceres. Tuvo que ir un poco más abajo, hasta Almendralejo. Se alistó para jugar en 2ªB y la primera campaña marcó 16 goles para convertirse en referente de equipo y afición. Creció hasta subir primero a Segunda y después a Primera. Tras marcar 19 goles en la inolvidable campaña que llevó al Extremadura a la máxima categoría, aceptó una oferta del Compostela, donde no acabó de triunfar en dos temporadas y media. Regresó a Almendralejo para volver a pilotar otro ascenso.

Allí siempre que hay problemas marcan su número de teléfono. Volvieron a hacerlo hace mes y medio para que acudiese al rescate, tercer entrenador de la temporada y con un calendario de aúpa por delante. Aseguró las victorias en los dos partidos que ha jugado en casa, empató en Las Palmas, cayó por la mínima ante Albacete y Osasuna, ganó en Málaga. Ahora vuelve a A Coruña, donde empezó este ejercicio como integrante de la secretaría técnica del Deportivo. Treinta años después de una bonita historia, que parecía efímera, pero a la que supo darle continuidad. La historia muestra que tampoco era tan fácil hacerlo en Riazor: desde que Manuel llegó al primer equipo apenas tres atacantes forjados en el fútbol base coruñés lograron jugar más de mil minutos con el primer equipo: David, Luis Fernández y Lucas Pérez.

 

Manuel y una historia de hace treinta años
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