VIEJA GRADA ELEVADA

La grada y el césped, Carlos y Carles

RCDEPORTIVO

Hace unas semanas desagradaba porque semejaba tan próxima la posibilidad de encabezar la tabla que dolía no dar el salto. Ahora reconforta porque por, mal que lo haga, la segunda plaza no acaba de distanciarse. Tropiezan los demás y ahí sigue el Deportivo, acostumbrado a hacer la goma como esos ciclistas gregarios que quieren mantenerse en carrera hasta el final. Desde que el 16 de diciembre derrotó al Zaragoza en Riazor no está en puesto de ascenso, pecado para un equipo que necesitaba activar a su entorno. Nada le hubiera venido mejor al Deportivo y al deportivismo este año que alguna visita por el liderato.

Aquella ante los maños fue la séptima victoria en nueve partidos en Riazor y no ante unos cualquiera. Sporting, Granada, Oviedo u Osasuna también cayeron y lo hicieron además sin opción de enmienda. Ya entonces se debatía sobre el juego del equipo, respecto a sus problemas en los desplazamientos o la capacidad para enganchar a una afición que necesitaba arneses más sólidos para anclarse al equipo. Ahora los resultados son peores porque además el equipo se ha caído justo donde se edifican los ascensos, en casa. Y continúa el murmullo sobre el papel de los seguidores.

Ocurre que la piel es fina, en algunos casos apenas existe. Que cuando el equipo estaba segundo no cesasen de brotar disgustos de manera encadenada alerta sobre las ganas de indignarse por parte de ciertos sectores del deportivismo, un colectivo tan mínimo como heterogéneo. Obviamente todo el ruido se disipa con triunfos, por eso el debate sobre el papel de la afición tiene un punto de vacuidad. El pasado viernes Natxo González ofreció una rueda de prensa irreprochable, como es habitual en él plagada de transparencia y autocrítica. Sin entrar en su capacidad como entrenador, que también se podría, hace tiempo que no se sienta un tipo con tanta verdad en un estrado tan concurrido por todo tipo de actores como la sala de prensa de Riazor. A Natxo en ocasiones como la del pasado viernes, o tras la derrota contra Las Palmas, se le ve tan tocado en lo verbal y lo gestual, tan emocional incluso cuando describe el trabajo de sus jugadores, que hasta parece complicado imaginarse que le corresponde levantar a un grupo. Se muestra en público sin careta y por lo que se ve aquí ya nos habíamos acostumbrado a las máscaras.

A Natxo le preguntó el periodista Adrián Candal si para el Deportivo se ha convertido un problema jugar en Riazor. A algún experto en comunicación de los que abundan en redes sociales no le pareció correcta la cuestión, pero casi parece pertinente si se considera que de sus últimas cinco comparecencias en el estadio el Deportivo no ganó ninguna y sumó cuatro puntos de quince posibles. O lo que es igual: si hubiese hecho un pleno ahora mismo sería líder con cuatro puntos de ventaja sobre Osasuna y seis respecto al Granada. Recibida la pregunta, Natxo contestó sin doblez: “Sí, ya lo empiezo a dudar ya, sí”. Y concretó: “No nos está ayudando. Obviamente tienes más responsabilidad porque quieres contentar a tu gente, quieres darle una alegría. Pero, bueno, esto puede pasar y tenemos que acostumbrarnos. Y antes del partido lo sabíamos: como las cosas vayan bien los vamos a tener de nuestro lado y como no vayan bien va a ser lo contrario. Hay mucha gente que nos ayuda, obviamente, y otra que no nos ayuda, pero esto es el juego. Es lógico desde el punto de vista del espectador y tenemos que convivir con ello y salir reforzados cuanto antes, a ver si puede ser la semana que viene”.

Natxo no descubrió el Mediterráneo, pero alguno creyó ver hasta mucho más allá del Mar Rojo. Las aficiones suelen apoyar cuando el equipo tira de ellas y, en concreto, amplios sectores de Riazor tienen tras si un largo currículum de exigencias y silbatinas, incluso en los tiempos más granados. Natxo no llega, ni lo hará aunque se reencarnase en técnico del Deportivo los próximos 150 años, a recibir los reproches que acompañaban todas las jornadas durante años a Arsenio Iglesias. Si Javier Irureta hubiese entrenado en la era de las redes sociales los palos le lloverían por tener al equipo tercero y caer en cuartos de la Liga de Campeones. La memoria es chata, sobre todo si la mueven intereses espurios, pero Fernando Vázquez subió a Primera entre groseras críticas y reproches. La única equivocación de Natxo el pasado viernes de cara a la grada fue enfocar hacia ella algún gesto de reproche mientras el partido estaba en juego. Cierto que lo hizo apenas hacia un grupo de aficionados que tiene tras el banquillo. Pero ese no debe ser su papel.

En todo caso, una declaración que verbalizó lo obvio se convirtió en un drama de barra de bar y red social, de tertulia futbolera. Natxo había lapidado a su propia afición, bramaban los más impresionables, que pedían destierro inmediato más allá del Puente del Pasaje. Nadie había visto todavía la rueda de prensa, que no había sido publicada por el club en su perfil de youtube. Parece probable que a estas alturas muchos tampoco la hayan visionado. Con las pasiones del fútbol por medio, sobra un titular, un tuit, un whatsapp o un “me contaron que” para sostener una tesis, y más sobre un entrenador que no gana.

Pero el sainete no tiene recorrido. La situación es seria y el debate sobre la afición y su apoyo es una anécdota, una excusa que además viene bien para que algunos que albergaban un cierto sentimiento de culpa expíen sus pecados y renueven su fe mientras no aparece otro anticristo, esperemos que con más capacidad mesiánica. Lo importante, el solomillo, que diría Tino Fernández, está en el césped. El Deportivo no tiene el problema en la grada sino en el campo. Es una cuestión futbolística la que debe resolver y ahí subyacen dos ausencias con matices diferentes y en el fondo similares, Carlos y Carles.

Carlos Fernández era el factor diferencial, el futbolista que hacía girar el engranaje porque ejercía de referencia, de pasador y rematador, como el más montaraz abrelatas o el más sutil descorchador. Además es el que falta. Y en fútbol el que no está siempre es el mejor. A mayores le apoyan los datos: desde que se lesionó en el patatal de Majadahonda han pasado quince partidos en los que no estuvo o su aportación fue epidérmica. Apenas cinco victorias (Reus incluido) suma el equipo desde entonces. Que una leve lesión muscular haya supuesto una ausencia de tres meses, que casi media liga haya quedado detrás sin que el equipo se beneficie de su aportación, alerta también sobre algún problema heredado que Natxo y Carmelo han detectado y que no está en su mano corregir de inmediato. Por ahí se entiende que también ellos se puedan sentir frustrados porque están en el foco y se juegan mucho. Tienen hambre por llegar a la máxima categoría y les duele cada miga que se pierde por el camino.

El caso de Carles Gil es diferente. Nunca fue un favorito para el entrenador y por eso, y también por su culpa, su rendimiento distó de tener continuidad. Pidió salir, llegó con una buena oferta para el club, que recuperaba lo invertido en un futbolista que estuvo lejos de justificarlo, y se marchó. Pero lo que ofrecía aunque fuese en contadas dosis era tan valioso (juego entre líneas, capacidad para combinar y dar continuidad a las acciones de ataque, movimientos en zonas interiores, pases precisos en zonas muy pobladas) que al Deportivo no le quedó más remedio que acudir a buscarlo al mercado de los futbolistas en paro. También porque la continuada ausencia de Carlos Fernández no ayudó a mitigar la ausencia de un mediapunta que engranase donde lo hacía Gil. El propio Natxo ponderó tras el partido contra el Almería las cualidades de Vitor Silva para ofrecer lo que dejó de tener el equipo con el traspaso de Carles. Que era lo que iba a darle Shibasaki si Ángel Torres no llega a incumplir su palabra. O lo que podría parchear el mismo Carlos Fernández.

Es fútbol, algo tan sencillo como pedir el balón y gestionarlo allí donde quema, darle la capacidad al equipo para subir líneas, jugar en campo rival y mover a la defensa rival a la espera de que algo ocurra. Porque algo pasaba y más en Riazor. Así se le ganó a casi todo ese desfile de granados rivales que pasaron por A Coruña entre septiembre y diciembre. Nada de eso ocurre ahora y duele. Demasiado tarde para lamentos. Este es el viaje, Carlos debe subirse ya el tren y, con silbidos o reproches, marchar todos hacia el ascenso porque el equipo está colocado para abordar ese empeño y tiene capacidad para conseguirlo, bien de manera directo o en el play-off, que también vale, aunque haya quien postule que sería una suerte de deshonor. En el fútbol hay que escuchar de todo y no sólo silbidos.

La grada y el césped, Carlos y Carles
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