VIEJA GRADA ELEVADA

El equilibrio de Martí

Jugó más de 600 partidos como profesional y no había colgado las botas cuando le ofrecieron trabajo para ser entrenador. Quería reenganchar en el fútbol estadounidense y estirar su carrera de corto hasta los 41 años, pero la llamada llegó desde Tenerife, un destino referencial en su vida, el primero al que partió desde su Mallorca natal para convertirse en un profesional del balón. No se pudo negar Pep Lluís Martí (Palma, 1975), al que sus íntimos llaman José Luis y que llega al Deportivo para apagar un incendio, el de un equipo caído que ya no mira a los puestos de ascenso directo sino que se enfoca a salvar la opción de la promoción, justo el máximo pico de Martí como técnico. A un gol se quedó de superar el último escalón ante el Getafe en junio de 2017. Meses después se quedó sin trabajo. Este verano pudo acabar en el Numancia, pero donde terminó fue en los comentarios técnicos del canal temático de la segunda división. Desde ahí no le perdió la pista al equipo al que ahora se incorpora, el segundo en su incipiente carrera con la pizarra.

Martí es mallorquín y mallorquinista. Allí creció como mediocentro de referencia en la cantera para llegar a aquel filial que llegó a mostrarse en Segunda División y en el que se alineó junto a Diego Tristán o Albert Luque. Centrocampista esforzado y con recorrido, un tipo de carácter, no encontró espacio en el histórico equipo que Héctor Cúper dirigió al final del siglo pasado. Tampoco Fernando Vázquez le dio cancha en un plantel en el que la medular se vestía con Engonga y Chichi Soler. Un partido benéfico que disputó en Tenerife le abrió las puertas en otra isla. Sedujo a Valdano, llegó para jugar con Cappa y debutó con Benítez. Ese trajín define a un ecléctico, un entrenador que se declara impactado por Juanma Lillo (que junto a Raúl Caneda le dirigió durante media temporada, ya veterano, en la Real Sociedad), pero que bebe de fuentes tan variadas como el propio Benítez, con el que subió a Primera como futbolista, Caparrós o Juande Ramos, técnico con el que alcanzó sus triunfos más lustrosos en el Sevilla.

Porque es su trayectoria en el Sánchez Pizjuán la que define a Martí, la de aquel Sevilla que se hizo un grande del continente con dos triunfos consecutivos en la Europa League. En ambas finales fue titular Martí. También allí conoció la hiel de la trágica muerte de Antonio Puerta, su compañero de habitación en las concentraciones. En Sevilla siempre tuvieron claro que iba a acabar de entrenador. Trabajador, comprometido con el grupo, no le gustaba cambiar de coche, no lucía tatuajes a la moda. Su carácter es mallorquín: desconfiado y cerrado de inicio, entregado después. Al Tenerife lo tomó en puesto de descenso, lo dejó en zona tranquila tras olfatear los puestos de promoción y la campaña siguiente casi lo sube a Primera. Luego decayó, prisionero de la exigencia de estar en los puestos altos de la tabla y tras perder a sus tres mejores piezas en ataque: Amath, Lozano y Shibasaki. Su receta, la que repetirá también en A Coruña como un mantra, fue la del equilibrio.

Para Carmelo del Pozo apareció como la primera opción en cuanto entendió que Natxo González no debía seguir al frente del equipo. Lo tenía claro el director deportivo tras la paupérrima exhibición del sábado ante el Rayo Majadahonda. A Martí le tiene por un activador, alguien capaz de poner a andar a un equipo que se ha parado. Sus primeros seis partidos en el banquillo del Tenerife los firmó sin derrota. Primero se guardó con tres mediocentros, más tarde se soltó e incluso llegó a emplear el rombo. Le agrada emplear dos delanteros, pero uno de ellos encargado de enganchar. Y pregona equipos agresivos sin balón, capaces de subir líneas para buscarlo y a partir de la recuperación trazar veloces transiciones. Su reto será plasmar todas esas ideas en un despliegue que sea efectivo para levantar a un equipo que está en la lona y, ya puesto, detener la trituradora de entrenadores que funciona en el Deportivo desde la salida de Miguel Ángel Lotina.

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