VIEJA GRADA ELEVADA

Seoane, cuando Guardiola era de Carballo

Un repaso de la trayectoria como jugador en el Deportivo del entrenador que pilota al Young Boys en la máxima competición continental

Tenía el pelo corto y un físico liviano, todavía por formar. Apenas se acababa de estrenar como veinteañero y de rubricar con el Deportivo un contrato por cinco temporadas para estrenarse en la primera división española, un vínculo que iba más allá de lo profesional y trascendía a lo sentimental, al hecho de regresar a la tierra de sus padres y recorrer el camino inverso al que ellos habían hecho veinte años atrás. Ahora han pasado otros veinte y parece todo muy lejano, aquella ilusión, la incumplida determinación por triunfar y la frustración por las oportunidades que no llegaron para conseguirlo. “Hace ya mucho tiempo. No tenemos noticias sobre él”, explican en una tertulia futbolística en el campo de fútbol de Carballo, a treinta kilómetros de A Coruña. Faltan unos minutos para que el equipo local estrene la temporada en el cuarto nivel del fútbol español y algunos veteranos exprimen la memoria para hablar de Gerardo Seoane, el actual entrenador del Young Boys. “Si en sus vacaciones viene por aquí la verdad es que no nos enteramos”. Desconocían además ese destino actual en Berna de uno de las personas que paseó en su día el nombre del pueblo. Porque a Seoane, técnico, aseado en el juego a uno o dos toques desde la cabeza del área, pronto le buscaron un alias que le definiese. Era “el Guardiola de Carballo”.

Las raíces de Seoane están en A Brea, una pequeña aldea próxima a Carballo, una villa de 20.000 habitantes, cabecera de comarca. Cercana la úna a la otra y a la vez lo suficientemente alejadas como para no estar al tanto de lo que sucede. Un lugar en un entorno volcado históricamente hacia el sector agrario. Al decaer ese tipo de actividad se condenó a mucha gente a buscarse la vida a muchos kilómetros de distancia. Aspectos culturales y de idioma invitaron a que durante gran parte del siglo XX el destino de la emigración fuese Latinoamérica, pero a comienzos de la década de los sesenta la situación viró y las facilidades a nivel de seguros sociales y de circulación de trabajadores animó a buscar destinos en la vieja Europa.

Cuando en 1967 Alemania endureció las condiciones para recibir a nuevos trabajadores, Suiza emergió como una opción preferente. Se demandaba mano de obra en el sector de la construcción, el de la hostelería y en pequeñas industrias. Al principio se produjo un goteo de emigrantes, muchos de ellos avisados por amigos o familiares que ya estaban en tierra helvética y que les cerraban un contrato de trabajo. Al poco tiempo fue un diluvio, gente que partía sin garantía de ocupación ni destino fijo, apenas con alguna vaga referencia para comenzar una nueva vida. Había una suerte de efecto llamada, se acudía allí donde se sabía que a un vecino o conocido le iba bien, donde había trabajo. En verano quienes podían regresaban al pueblo con un buen coche matriculado en Suiza, todo un síntoma que avivaba a quienes tenían dudas sobre si hacer las maletas. En 1975, mientras en España fallecía el dictador Francisco Franco tras 36 años en el poder, en Suiza vivían más de 150.000 españoles, la mitad de ellos procedentes de la esquina noroeste, de Galicia. Todavía hoy proliferan los locales de hostelería de aquellos que retornaron y los bautizaron con toponímia suiza. El bar que se encuentra frente a la tribuna principal del estadio de Riazor, el feudo del Deportivo en A Coruña, es el Zurich.

Los padres de Gerardo Seoane engrosaron esa cifra de valientes. A mediados de los setenta se afincaron en Rothenburg, vecinos a Lucerna. Allí nacieron sus dos hijos. El técnico del Young Boys tiene una hermana. Una tarde de junio de 1998 padre e hijo se desplazaron a A Coruña y entraron en el despacho de Augusto César Lendoiro, el presidente del Deportivo, el equipo que había impactado al mundo futbolístico cuatro años antes cuando apenas un penalti fallado en el último minuto le impidió ganar la Liga. Atrás había quedado un periplo de dos décadas lejos de la máxima categoría. Lendoiro apuntaba alto, buscaba revancha y estaba construyendo un nuevo equipo tras una campaña decepcionante.

“El presidente tenía esas cosas. A veces aparecía con futbolistas desconocidos que eran auténticas apuestas para dar una especie de pelotazo futbolístico”, describe Tito Ramallo, que entonces iniciaba sus primeros pasos como entrenador en las categorías inferiores del Deportivo. En un mundo en el que no proliferaban las antenas parabólicas y los software de seguimiento de futbolistas apenas era una futurista ensoñación, las referencias sobre Seoane llegaban para conocer que se había alineado en poco más de una decena de partidos en la liga suiza. Pero su nombre y apellido eran llamativos. Lendoiro acababa de ser muy criticado por exprimir las posibilidades de la sentencia Bosman al máximo y confeccionar un equipo plurinacional. La ONU le llamaban al Deportivo, donde apenas se alistaba un futbolista gallego, el internacional español Fran. Aquel verano de 1998 llegó al club Javier Irureta, un técnico cartesiano que el primer consejo que le dio a su nuevo presidente fue el de españolizar la plantilla y buscar referentes próximos a los aficionados. A Lendoiro se le iluminó el rostro cuando le pusieron sobre la mesa la posibilidad de adquirir los derechos de Seoane.

No resultó sencillo. “Tuvimos que aguardar a que el Lucerna, que era el equipo de futbolista, y el Sion, que era donde jugaba cedido, se pusiesen de acuerdo”, recuerda Lendoiro. Padre e hijo pasaron una semana en A Brea mientras se fraguaba el pacto y el 23 de junio, una fecha señalada en la que cada año en Galicia se queman hogueras para ahuyentar la mala fortuna, firmaron el contrato y el futbolista fue presentado en el estadio de Riazor ante más de 3.000 aficionados, que acudieron expresamente a verle dar unos toques a la pelota y firmar unas decenas de autógrafos. “Volver a la tierra de mis padres es un sueño hecho realidad. Estoy seguro de que mi juego técnico y de toque se adaptará perfectamente a la Liga”, explicó entonces el jugador. 150 millones de pesetas (algo menos de un millón de euros actuales) pagó el Deportivo por su ficha. La cláusula de rescisión que debía abonar quien desease cambiarlo de equipo se elevaba a diez veces esa cantidad. Para entender la magnitud de la inversión basta entender que al mismo tiempo el Real Madrid fichó a un internacional español que había participado en el Mundial de Francia, el central Iván Campo, por tan solo el doble de lo que costó Seoane.

Desde el club se filtró un apodo para identificar al jugador que no era casual. “El Guardiola de Carballo” le relacionaba con el entonces futbolista del Barcelona por un estilo de manejarse en el campo, pero sobre todo la alusión a su origen local tenía que ver con la necesidad de los rectores del Deportivo por darle un barniz autóctono a su plantilla y hacer ver que contaban con los mejores talentos de la zona, aunque fuesen hijos de la emigración y se hubiesen criado a casi 2.000 kilómetros de distancia.

“La primera sensación que tuvimos cuando vino con nosotros a entrenar fue la de que era buenísimo”, recuerda Carlos Ballesta, que ahora trabaja en la captación de nuevos valores para el club gallego y entonces era el técnico de su filial. Ahí, al Fabril, llegó Seoane tras una pretemporada en la que dispuso de minutos con el primer equipo, pero en la que pronto quedó claro que no iba a contar para Irureta. Dos internacionales brasileños, el campeón del mundo Mauro Silva y el emergente Flavio Conceiçao se alineaban en su posición. Donato, un futbolista de la selección española, también de origen brasileño, esperaba turno en bastantes ocasiones y acabó por adaptarse a jugar en la zaga para tener minutos. La decisión que tomó el club fue la de que Seoane entrenase con el Deportivo, pero se alinease los fines de semana con el Fabril. A veces incluso doblaba sesiones de entrenamiento con ambos equipos. “Subir y bajar creo que le perjudicó, le desubicó”, apunta Ballesta, que dirigía al equipo nodriza deportivista en el tercer escalón del fútbol español. Meses atrás se había quedado a una victoria de situarlo en Segunda División, pero ese año todo salió al revés. También para Seoane, que jugó 31 partidos con un Fabril que quedó colista en la categoría. “Fue un desastre porque las expectativas eran otras”, asume Ballesta. Las apariciones de Seoane en el primer equipo se redujeron a una participación en dos partidos de Copa del Rey contra el modesto Jerez de los Caballeros. En el partido de ida jugó un cuarto de hora y en el de vuelta fue titular. El cronista de La Voz de Galicia, el diario local de mayor difusión, fue generoso en su valoración, le dio la máxima puntuación y se animó a lanzar una profecía negro sobre blanco: “Tiene visión de juego y técnica para aplicarla. Es una gran promesa de futuro”. Entonces nadie lo sabía, pero a la postre fueron los dos únicos partidos oficiales que disputó con el Deportivo. Al final de aquella temporada hizo un amable balance del año. “Me siento en deuda con el club. Creo que voy a ir a más”, explicó antes de irse de vacaciones.

La temporada había sido mala para el Fabril y para Seoane, pero buena para el Deportivo, que consiguió asegurarse un sitio en competición europea. Y no faltó a esa cita en los seis siguientes años. A rebufo de esa ilusión aquel verano llegaron nuevos refuerzos, tipos, como sugería el entrenador, con experiencia en la liga española. Roy Makaay, un delantero holandés con colmillo que acabó por ganar la Bota de Oro como máximo goleador continental, arribó desde el recién descendido Tenerife; también llegó Víctor, un futbolista de banda derecha que había sido pieza importante en el Real Madrid que había hecho campeón Fabio Capello tres años atrás. Se incorporaron además dos nuevos mediocentros, Jaime Sánchez, campeón de Europa hacía un año con el Real Madrid, y Slavisa Jokanovic, un internacional serbio. Mauro Silva, Flavio y Donato seguían en el plantel, así que Seoane pasó a ser la sexta opción para dos puestos. Todo sucedió en un contexto complicado, con un entrenador como Javier Irureta que al llegar a la pretemporada se encontró con 35 futbolistas. “Es muy complicado darle entrada a los jóvenes”, explicaba cuando se le inquiría porque no miraba hacia el vivero del club. Tampoco el Deportivo promocionaba el empleo de sus canteranos. Su equipo sub20 había quedado campeón de España en 1996, pero toda esa camada de futbolistas estaba dejando la entidad para buscar destinos en los que era más factible encontrar minutos de juego.

Seoane se quedó descolocado. La opción de seguir en el Fabril no le seducía porque suponía jugar en Tercera División. Y él ya había empezado a alternar en la selección sub21 de Suiza. Comenzó a trabajar con el Deportivo, pero Irureta no tenía elevadas expectativas sobre su participación en el equipo. “Si tiene que estar que esté, peor lo mejor es que salga cedido”, apuntó. Así que al empezar la temporada se quedó sin dorsal en el primer equipo y sin espacio en el segundo, en un limbo que se reducía a entrenar con el filial sabedor de que los fines de semana estaba de vacaciones. Se trataba de un futbolista desconocido en España, que además venía de una mala temporada colectiva y personal en su estreno. No hubo ofertas para que saliese de A Coruña al menos a préstamo y tampoco en el club recuerdan que presentase alguna hasta que a mediados de marzo llegó con una propuesta para salir cedido al Bellinzona y volver a Suiza. Allí jugó nueve partidos, apenas dos de ellos completos. El Deportivo jamás dejó de asumir su salario, elevado más por las expectativas que generaba que por la realidad de su rendimiento. “Le gustaba la noche e incluso era de los que defendía convencido ante el entrenador que un futbolista debía salir para entretenerse”, recuerda uno de los técnicos que trabajó con él. “Me gustaría saber que opina de eso, ahora que es entrenador”, concluye.

“Mis recuerdos son más de fuera del campo que de dentro de él”, apunta Dani Cancela, un lateral izquierdo que apura sus últimos días como futbolista en Hong Kong. En los albores de su trayectoria profesional coincidió con Seoane en el Fabril. “Era un futbolista con mucha clase, pero también con mucho temperamento, un tipo muy abierto y divertido”, añade. Y confirma la querencia por la vida nocturna. “Es cierto. ¡No se perdía ni una noche!” confiesa Cancela, que ya le trató cuando Seoane estaba de retirada, cuando sentía que su devenir futbolístico en A Coruña no iba a remontar.

Porque el resumen de su paso por el Deportivo es una sucesión de desdichas. El primer año perdió la categoría con un equipo filial que quería pelear por estar arriba en la tabla y acabó de último; la segunda campaña se la pasó casi toda sin ficha para jugar y se fue cedido dos meses antes del final de la competición. El Deportivo ganó aquella Liga, un hito en su historia, pero Seoane no figura en el libro de oro de la entidad como campeón. Primero no formaba parte del plantel, luego la epopeya del título la vivió desde Bellinzona. Regresó sin destino fijo y tras cuatro meses en blanco se reintegró al Fabril, que había recuperado su sitio en Segunda B. Volvió a conocer el amargor de un descenso. En su cuarta campaña en A Coruña ya ni se negó, por fin, a jugar un escalón más abajo. Y el equipo no cumplió el objetivo de jugar siquiera la fase de ascenso, fue noveno en una de las peores clasificaciones de su historia. “Estaba muy claro que aquello ya no le motivaba”, resuelve Dani Cancela. “No dio problemas, pero tampoco soluciones”, explica Tito Ramallo, que fue su entrenador aquel año. “En aquel equipo había chicos en ascenso y él estaba de bajada. Se le veía claramente que estaba agotando lo que le quedaba en el club, cumpliendo el contrato sin más. Podia haber ejercido de líder en aquel equipo, pero no quiso asumir ese papel”, apostilla el técnico.

Seoane jugó 34 partidos en su última campaña como blanquiazul, todos menos uno como titular, todos en el Fabril. El Deportivo ya era una quimera. En su medular aún mandaba el gran Mauro Silva. Se fueron Flavio Conceiçao, Jaime y Jokanovic, pero llegaron el argentino Duscher, los brasileños Emerson y César Sampaio, el español Sergio o el paraguayo Toro Acuña, todos contrastados internacionales. En el Fabril muy de vez en cuando se desplegaba alguna pincelada de talento. Seoane, a su manera, también evolucionó y se desplegó más allá del pase sencillo. “Era un mediocentro organizador, con poca implicación y contundencia defensiva, pero con muy buen pie. Veía el fútbol solo a través del balón. Discontínuo en el rendimiento en los entrenamientos, tenía claramente un problema de falta de motivación”, le define Ramallo, que con todo guarda un buen recuerdo de él. “Creo que tuvimos un cierto feeling porque yo creo que entendía su problemática. Era un chico que había llegado con unas expectativas altas y un salario que no era del segundo equipo y no había conseguido progresar porque no tenía sitio en un plantel que era top a nivel mundial. Estaba con nosotros porque no le quedaba más remedio”.

“Cuando tenía la pelota podía esperar cualquier cosa, un golazo, un pase milimétrico al espacio, pero se desconectaba con facilidad y si no encontraba un socio desaparecía. Además creo que tenía un contrato muy alto y eso, en cierto modo, le penalizó”, estima Cancela. No parece descabellado afirmar que Seoane ganó en cinco años con el Deportivo bastante más que en todo el resto de su carrera como futbolista. “Pero su evolución como futbolista fue nula”, apunta Tito Ramallo. Quizás entonces se comenzó a fraguar un entrenador. “Ahora lo veo en el Young Boys y recuerdo que, al margen de su poca implicación, era un tipo muy crítico, que le gustaba poner en cuestión decisiones y preguntar los porqués. Lo digo en el buen sentido: mostraba inquietud por cuestiones tácticas o del entrenamiento”, aclara Ramallo.

Tras aquella experiencia, Gerardo Seoane ya no regresó a A Coruña. Su último año como jugador del Deportivo lo pasó cedido en Aarau. Ya nadie preguntó por él en el entorno de un club que peleaba por ser campeón de Europa mientras sentaba las bases de una monumental deuda que le ha llevado a jugar tres años en Segunda División en la década actual. En esa categoría está mientras Seoane llama a la puerta de la Liga de Campeones.

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