
No era el penalti de Djukic, pero 25 años después y tras tantos recuerdos como han brotado en las últimas semanas era complicado no establecer paralelismos. Esta vez fue gol y la emoción se desparramó por el estadio. Algunos ya se habían ido. Otros, en lunes, ni fueron. “Nosotros creemos y vamos a pelear hasta el final”, advierte Dani Giménez, uno de los arquitectos de un triunfo con más épica que fútbol. A veces importan más los sentimientos que el manejo de la pelota. Más de cuatro meses llevaba Riazor sin ver ganar a su equipo. Y aún así sigue vivo en la pelea por entrar en el play-off, en definitiva por regresar a Primera, gracias a un gol de penalti en el minuto 95. “Era una final”, valoró Carlos Fernández tras pasar por la ducha.
Carlos marcó ese penalti. “Hay que tener agallas y tranquilidad para tirarlos así”, valora Dani Giménez, que cerca podría estar de ser su padre. En realidad Carlos Fernández es uno de los jugadores más jóvenes del equipo, pero le sobra carácter y personalidad. “Estaba lesionado, fastidiado, y era de los que marcaba pautas en la caseta. Siempre en positivo. Y en el campo jamás se esconde”, explicaba no hace mucho un peso pesado del día a día del equipo. Ese penalti, sin Quique González en el campo, pareció por un momento no tener dueño. Como aquel día que faltó Donato. El veterano Manolo Reina, un acreditado parapenaltis, le puso el balón en las manos a Christian Santos como retándole a tirarlo. Lo quería el venezolano, que enfadado lo repelió. Porque era para Carlos. “Ya lo teníamos hablado”, aclaró después José Luis Martí, que no ahorró calificativos al recordar la actitud de su futbolista en el momento de la verdad. “Tuvo una personalidad tremenda, confiando en sus posibilidades y echándose al equipo a la espalda. E hizo un golpeo tremendo”.
El joven delantero ya había situado el balón en el punto de penalti y había talonado los pasos necesarios para preparar el disparo mientras tirios y troyanos litigaban todavía con el árbitro. Él estaba a lo suyo. El balón entró a media altura, esquinado y no cerca de la escuadra, lejos para el meta del Mallorca, por más que hubiese adivinado que Carlos no lo iba a cruzar. Los buenos están para mostrarse en los momentos decisivos. Carlos, en menos de un año ha entendido además donde está. “Ya no es por mí, por mi familia o por mis compañeros, es por la gente que siente el escudo”, describió el delantero sevillano, que también tuvo unas palabras para Tino Fernández y su Consejo de Administración, que se llevaron una alegría postrera de su última estancia en el palco: “Tino es una persona maravillosa. Al club le ha ayudado muchísimo para que siga siendo lo grande que ha sido durante toda su historia. Tanto él como su Consejo se merecen esta alegría porque han sido parte fundamental de la historia del Deportivo”.
“Era una final. Liberas mucha tensión después de tanto tiempo complicado, quitas ese mal sabor de boca”, explicó Carlos Fernández, el héroe de un final agónico en Riazor
Carlos quizás sintiese que tenía una deuda consigo mismo. Comenzó la pretemporada en el quirófano y después se perdió casi prácticamente tres meses de competición por una lesión muscular que encadenó varias recaídas. “Liberas mucha tensión después de tanto tiempo complicado, quitas ese mal sabor de boca”. Porque el gol fue el chut a la red y la celebración, una comunión con la grada en la esquina entre Maratón y Tribuna mientras el árbitro pitaba tres veces. “Después de tantos momentos duros, de un partido en el que también hubo de todo… Hay que conectar con la afición y que se sientan partícipes. Por eso tenía que compartirlo”, aclaró.
El resumen del partido pasa por el gol, por la audacia del Mallorca, que perdió la pelota con cinco futbolistas en el área rival y se expuso a un castigo que puede cambiarle la vida al Deportivo por su efecto inmediato y quien sabe si por el futuro, por el bálsamo encontrado cuando todo parecía perdido después de una temporada en la que nada fue por el carril, en la que tampoco la fortuna llamó a la puerta. “¡Lo merecíamos!”, exclamó el goleador blanquiazul, que reconoció que tanto sinsabor en Riazor tenía al equipo dolorido. “Era una losa que nos atenazaba”. Y reivindicó la valía del tanto, de la victoriosa agonía para que la gente, incluso aquellos que hace no tanto les llamaban mercenarios, sepan que en Abegondo hay un grupo de futbolistas que más allá del talento tiene un empeño. “Ponemos fe y mucha pasión en lo que hacemos día a día”, explicó Carlos.
Después de tanto tiempo se fueron en triunfo de Riazor, tras cuatro meses una victoria de penalti en el minuto 95 propició una vuelta olímpica del equipo. No importó que la entrada fuese de las más pobres del campeonato, que muchos ya no creyesen. “Necesitábamos algo así después de tantos palos”, concluyó Dani Giménez, que se presentó ante los medios dándose golpecitos sobre el corazón tras un final no apto para cardiacos, y quiso dejar un mensaje de esperanza: “Toca sufrir hasta el final, con la adrenalina a tope, pero es importante llegar bien a final de temporada y ahora tenemos jugadores que están cogiendo su mejor forma”, advierte.
Con todo, el Deportivo, que visitará a Elche y recibirá al Córdoba, no depende de sí mismo para llegar a la sexta plaza. Empata a puntos con el Cádiz, que debe recibir a Extremadura y viajar a Gijón, pero con el que perdería en caso de igualdad. Está a tres puntos con el golaverage particular y general igualado con el Mallorca, que espera el domingo al Granada y cerrará en Almedralejo. Y a cuatro puntos queda el Málaga, que visita al Albacete y echará el pestillo en La Rosaleda frente al Elche. Demasiados invitados con todo resuelto. Pero, desde los once metros, ha llegado un chute de fe. “Son apenas tres puntos, pero en el aspecto moral para jugadores y afición es diferente”, resumió Martí.
